Hace 26 años, la vida nos cambió para siempre.
Tu muerte inesperada nos hizo ver el mundo con otros lentes. Jamás volvió a ser igual. El tiempo se partió en un “antes de” y un “después de”, y desde entonces hemos tenido que aprender a caminar con un vacío que no se llena, pero con el que se aprende a vivir.
Muchos piensan que el día más difícil del duelo es el día en que muere nuestro ser querido. Pero con el paso del tiempo, te das cuenta de que no es así.
El duelo se vuelve más pesado cuando ya no recuerdas claramente su tono de voz, cuando el olor que te traía consuelo comienza a desvanecerse, cuando cierras los ojos y tienes que esforzarte por imaginar su rostro con nitidez.
Y ahí empieza otra etapa de dolor: la del olvido involuntario. La del “¿cómo hubiera sido si…?”
El duelo es uno de los procesos más difíciles que me ha tocado vivir. Te transforma desde lo más profundo. No se supera, se aprende a cargar. No se borra, se acomoda en el alma.
Hoy, 26 años después, sigo pensando en ti.
Te pienso en los momentos simples, en las conversaciones que ya no serán, en los abrazos que quedaron pendientes.
La vida jamás volvió a ser la misma. Pero aquí estoy, llevándote conmigo. Aprendiendo, poco a poco, a vivir con tu ausencia.
¡Què difícil es, caramba!
Tómese un tiempo para llamar a sus seres queridos y mostrarles y expresarles su amor. La vida puede cambiar en cualquier segundo…
Hoy, mañana y siempre estarás en mi corazón hermano de alma. Te extraño Luis Javier “Wichy”.

